De hotel en hotel

Mis papeles dicen que nací en Avellaneda, ciudad de Buenos Aires. Sin embargo hace años que me siento más parte de la comunidad nómade. Como si mi vida hubiera hecho un retroceso temporal hacia la prehistoria de la humanidad. Voy por las ciudades recolectando frutos, avanzando sin sentido en un devenir de lugares que ya no recuerdo. He pasado por tantos hoteles baratos que todos me parecen iguales. Si la persona de recepción es una muchacha bonita, generalmente busco intimar con ella. Me presento como alguien serio, pero luego voy al punto de manera directa. Algunas veces gracias al éxito de la conquista he logrado no pagar la estadía o reducir la tarifa a la mitad. Tengo tantas historias sobre hoteles baratos que podría pasarme horas hablando sólo de ellas.

También he parado en casas de familia, incluso dormí en la calle en más de un destino. Pero puedo asegurar que ninguna historia de hospedaje se compara con las que he vivido en hoteles baratos y al paso. Recuerdo uno, donde me paseaba como fantasma por los pasillos, eran tan grande ese corredor que uno podía tardar más de cinco minutos en llegar desde una punta a la otra. Caminaba despacio, tratando de adivinar quién se alojaba al otro lado de cada puerta. Me preguntaba si serían familias humildes pero felices. Quizás se trataba de una pareja clandestina que debía ocultarse en lugares como esos para fundirse en el más prohibido de los deseos. Pocas veces he llegado a escuchar los gritos de la pasión desenfrenada. Pero la sola idea de adivinarlos entre las sábanas llenaba mi cabeza de un regocijo inexplicable.

He estado en hoteles baratos en los que servían desayunos de reyes. En esos casos, me levanto temprano. Trato de llegar a la hora en que llega la muchacha con las jarras repletas de leche y de café recién preparado. Procuro ingerir varias tazas de cada producto. La primera siempre de café puro y sin azúcar. Busco que su sabor penetrante termine de abrirme los ojos y de librarme de la torpeza somnolienta del cuerpo. Luego preparo una taza con bastante leche y poco café. Esa la sorbo despacio, generalmente acompañada por dos o tres tostadas. Si hay para preparar chocolate, suelo no perdérmelo. El chocolate da energías para aguantar todo el día sin probar bocado. Y luego, antes de partir, completo un gran vaso de jugo de naranjas para fortalecer las defensas.

Una vez que estoy listo, vuelvo a la calle con mi equipaje a cuestas, nunca se sabe si voy a volver a dormir en el mismo lugar. En este momento tengo en la mano un pasaje de tren que cambié por un reloj caro. Creo que me lleva al otro lado de la frontera del país en el que estoy. Si tan sólo conociera el idioma, las cosas aquí se tornarían más simples.

Brian Anderson
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brian_anderson47@yahoo.com

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